Las razones ciudadanas de Cuba



Por: Enrique Ubieta Gómez

Nosotros con Fidel. Ellos con Obama, o con Bush o con el que venga. Nosotros: un país con toda su diversidad y riqueza; ellos: un cibercomando, con toda la falsa unanimidad y la unicidad de las acciones pagadas. Ayer se exhibió en la televisión cubana el capítulo sobre la ciberguerra de la serie “Razones de Cuba”.

Unas horas antes habló Obama en Chile, con escaso apoyo a sus palabras, sobre los “derechos ciudadanos” de los cubanos, y unas horas después los cibermercenarios colgaron su video “Razones ciudadanas”. Hoy Fidel comenta, divertido, las palabras de Obama: “Cuando el Presidente miró ansioso al público tras mencionar a la pérfida Cuba, esperando una explosión de aplausos, hubo un glacial silencio.

A sus espaldas, ¡ah, dichosa casualidad!, entre las demás banderas latinoamericanas, estaba exactamente la de Cuba. Si se volteaba un segundo sobre su hombro derecho habría visto, como una sombra, el símbolo de la Revolución en la Isla rebelde que su poderoso país quiso, pero no pudo destruir”.

En sus alegatos, los mercenarios abusan de un léxico seudo-académico que mal entremezcla conceptos y frases aprendidas de corrido, pero basta con que se escarbe un poco en ese ciberlenguaje “ciudadano”, para que encontremos las verdaderas razones: ellos no reclaman la pertinencia de una sociedad más participativa –aspiración del socialismo--, sino el supuesto derecho a derrocar un Gobierno revolucionario y de cobrar por ello.

La Revolución exige el suyo: no dejarse destruir. Yoani simula “distanciarse” de las ideologías y de las instituciones (nacionales, claro), pero inmediatamente asegura que el gobierno teme que se repita en Cuba lo que ocurrió en el Norte de África.
¿Por qué cree que el Estado cubano debe temer? Aunque Yoani y sus mentores sobreestiman el papel de Internet –y subestiman el de los pueblos--, es cierto que los internautas árabes de clase media usaron sus redes para llamar a la sublevación, pero ¿es ese el concepto CIA de libertad ciudadana? En Cuba podrían disponer de Internet, pero nunca del pueblo.

¿A qué se refieren cuando hablan de creatividad ciudadana? No piense el lector en proyectos culturales o ideas sociales diversas, la “creatividad”, la “independencia” a la que se refieren, es univalente: estar contra la Revolución, a favor del regreso de Cuba al capitalismo dependiente. Toda la diversidad humana es reducida por los cibermercenarios a un único tópico: ser contrarrevolucionarios.

Hernández Busto lo confiesa alegremente --¿por qué no hacerlo si habla con fascinación de su encuentro con Bush?--: “Soy, en efecto, un contrarrevolucionario por convicción”, dice y declara solemnemente que no recibe financiamiento de nadie. Pero confiesa: “Paso buena parte del día viendo noticias y editando textos”. No sé si tendrá que rendir cuentas a “alguien” o a “algo”, como supone que hacen otros, pero estoy seguro que en Barcelona tiene que pagar cuentas: y el dinero no crece en macetas. Su encuentro con Bush no es uno más de los que supuestamente sostiene con personajes de la derecha internacional, como sugiere: ambos piensan muy parecido, al menos, en un punto.
“Mi opinión más íntima sobre la situación cubana es que una intervención militar de Estados Unidos sería la manera más rápida y productiva de acabar con el castrismo”, afirma sin sonrojarse. Quizás Yoani, que habló en uno de sus post sobre una probable breve noche de cuchillos largos en Cuba, porque hay “gente esperando, con el palo o la navaja bajo la cama para un día poder usarlos”, considere que la invasión es una excelente “iniciativa ciudadana”.

Solo un país alberga todas las iniciativas, toda la creatividad de su gente –sobre todo, un país que educó a sus ciudadanos en el concepto revolucionario, fidelista, de “leer, no de creer”, que abolió el analfabetismo y elevó el promedio general de instrucción al noveno grado, que produjo un millón de profesionales--; por eso el cibermercenarismo no cabe en el disfraz ciudadano: ellos son una sola idea, un solo propósito, una única obsesión, el derrocamiento de la Revolución, sin que siquiera exista un proyecto verdaderamente alternativo.

Todos los supuestos colores del arcoiris se reducen al gris de las tormentas, como los post de Yoani, con rayos y truenos de tramoya. Hablan de redes horizontales, no jerárquicas –algo que solo es posible a nivel social, no de sectas--, y sin embargo, a veces los tweets de Yoani aparecen si que ella los escriba, o se entera del contenido de videos que supuestamente ha distribuido, después que “alguien”, jerárquicamente superior, los cuelga. Ella tiene una relación “difícil” con los yumas.

No existe una contrarrevolución vieja y otra nueva: es la misma, la que vive de su negocito desde los lejanos años 60. Y habría que preguntarse si realmente esa obsesión es auténtica, si de verdad las Yoani, y los Hernández Busto –al igual que los capos de Miami, los del Big Five, que tanto agradó al segundo--, quieren que la Revolución desaparezca.

Tal como están las cosas, Yoani ya acumula medio millón de dólares. ¿No querrá acaso que la Revolución se mantenga al menos una década más, para sobrepasar el millón? Y Ernestico, ¿podría sobrevivir “mirando noticias y editando textos” en su casa, si la Revolución no existiese?, ¿qué harían con sus vidas? Esta gente sí que tiene iniciativa ciudadana.

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