
Es difícil hablar
de un hombre de su estatura moral, de alguien cuya muerte lo convirtiera en
símbolo. La fecha dejó al mundo marcado para siempre: El 9 de octubre de 1967,
el guerrillero heroico Ernesto Che Guevara, era asesinado en la Quebrada del
Yuro, Bolivia.
Argentino de nacimiento y cubano por adopción, este hombre excepcional,
abrazaba la muerte en cada combate con una sonrisa en sus labios, la desafiaba
como un juego en selvas pampas y montañas. Su desaparición fue un duro golpe
para el pueblo cubano y para el mundo.
A quienes lo conocieron y compartieron en tiempos de paz y guerra con él, les
enseñó a ser transparentes como el agua, revolucionarios de ideas, a ser un
león ante los cobardes, abusadores y traidores de la tierra. Enseñó a los
guerrilleros a no temerle a la muerte.
Dotado de una de voluntad de acero, el Che fue amigo, médico, un hombre
inteligente que la muerte privó de tener por muchos años y que reunía en su
íntegra personalidad, las virtudes de un verdadero revolucionario, a quien en
su conducta, no se le puede encontrar ni una sola mancha.
Ernesto Guevara de la Serna fue un hombre extraordinariamente humano, sensible,
un trabajador infatigable. Su legado a las nuevas generaciones fue su íntegro
carácter, la tenacidad, el espíritu de trabajo, su ejemplo, sus grandes sueños
y la disposición de seguir su camino con la adarga al brazo y sentir por
siempre bajo sus talones el costillar de Rocinante.