Autóctona, revolucionaria y flor silvestre: Celia

No importa que hayan pasado 30 años de su desaparición física, aún su nombre lo encontramos en hospitales, museos, escuelas, en niñas que juegan en los parques, o en aguerridas mujeres que cada 11 de enero celebran su cumpleaños, recordando a la Norma de la clandestinidad, pero a la que su pueblo eternizó con el nombre de Celia Sánchez Manduley.

Con su flor favorita, la mariposa, engalanando su cabello, la manzanillera Celia se nos presenta delicada y tierna. Fue la primera mujer guerrillera en la Sierra Maestra, portadora de un fuerte carácter, una mezcla de intranquilidad y ternura, razones que necesariamente la convirtieron en una de las personalidades más fascinantes de la historia de Cuba.

Más que la heroína, era enormemente humana, sufría desilusiones amorosas y fumaba mucho, empataba un cigarro con otro y tomaba bastante café, si a esto se le denomina defectos, entonces ella los tenía. Sin embargo, sus virtudes hicieron que éstos, no salieran a la luz, por que lo que sí hay que acentuar es su gran amor a la Revolución e infinita lealtad a Fidel.

Quienes jamás la conocieron, podían suponerla una mujer frágil, pero al revelarla, se percataron de su intrepidez, sus nobles sentimientos, valor y audacia. Todo ello hubiera alcanzado para concebir la imagen de la heroína que jamás abandonó su gracia y acento campesinos de gente humilde.

Ha pasado tres décadas y la heroína de la Sierra y del Llano sigue entre nosotros. A Celia, la flor más autóctona de la Revolución, no dejamos de verla como diputada del Consejo de Estado o miembro del Comité Central, porque expresa, en suma, lo autóctono de la mujer delicada, bromista, sencilla, comprometida e intransigente con las ideas de justicia e igualdad social.