Cuando vivir en Guantánamo y sentirse guantanamera es un orgullo




He estado fuera de mi provincia en múltiples ocasiones y cuando digo que soy guantanamera, algunas personas se mantienen incrédulas. Es que a ojos vistas, no soy esa mulata jacarandosa que caracteriza a la mayoría de las mujeres de mi tierra. Tampoco escapo del cantadito del oriental y hasta eso me enorgullece.

Vivo en una tierra de gente que viste de nobleza y de atenciones para quienes nos visitan,  de humildad, de sabiduría. Una provincia de hombres  y mujeres que narran hasta las historias más tristes con la alegría que caracteriza al guantanamero. La gente de aquí, es capaz de quitarse lo suyo para brindártelo, su comida, su casa, su cama si es preciso y todo eso porque somos geniales, esa es la palabra.

Guantánamo es todo naturaleza y gustosa viste el color de los campos de Cuba en toda su magnitud. Una tierra que carga consigo la valentía de sus hijos y la belleza inigualable de sus rectilíneas calles, de sus ríos, de sus tradiciones. Una tierra de gente que no se deja arrebatar lo suyo y que se levanta ante las adversidades.

Vivo en una provincia que construye su futuro, un futuro de gente soñadora,  luchadoras incansables y madre de grandes personalidades históricas y culturales que nos han dejado una huella indeleble. Guantánamo es una tierra de personas que tienen un corazón grande para amar desde el caminar por sus calles, hasta  las tertulias que a diario protagoniza el céntrico parque José Martí.

Estoy orgullosa de vivir en Guantánamo y donde quiera lo digo, sin que me quede nada por dentro: Soy guantanamera. Porto la dureza y la inocencia de las nuestras guajiras, la bondad de la gente de mi tierra, la naturaleza de los jóvenes, y también, la sorprendente experiencia de quienes hace años, peinan canas.
 

Sentirnos guantanameros, nos hace levantarnos cada día ante los reveses. Es aseverar que el apellido solidaridad se nos hizo grande tras el paso de Mattehw y el hecho de agradecer a nuestros hermanos de Cuba y de fuera de nuestras fronteras, por el incondicional apoyo. Y eso es una causa más que inmensa para vivir como viejos enamorados de nuestras calles, de las esquinas, de nuestros parques y de esos pequeños rincones que son tan nuestros.

El amor de los guantanameros hacia su tierra, es un  amor que va más allá del aburrimiento que emana vivir en una provincia del interior del país. Un amor que va más allá de valorar a la gente trabajadora, humilde y sencilla, que no se avergüenza cuando dice que adora bailar a ritmo de un Changuí.

Un amor que va más allá del verde que se aprecia desde lo alto del faro Concha en la Punta de Maisí, sitio que fuera abatido por el huracán Mattehw hace más de un mes, pero que es, sin dudas, la naricita del caimán que semeja nuestra pequeña isla y un  sorprendente lugar donde la naturaleza se exhibe tal cual, en su plena desnudez. El lugar que nos regala ese pedazo de Cuba, que aunque pequeña, es inmensa.
 

Los guantanameros sabemos levantarnos ante los problemas y darles solución. Lo hacemos poco a poco con la alegría que nos caracteriza, sin dejar a un lado el dolor de lo perdido, pero nos levantamos las ganas de volver a exhibir más allá de La Farola esa belleza sin par que es nuestra Baracoa, la primera villa fundada en Cuba hace ya 505 años.