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Fumar…Una muerte silenciosa


Cuando era una adolescente, una amiga de la infancia siempre me decía: “Cuando sea grande voy a fumar”. Claro, el tiempo pasó y Jadilly que es el nombre de mi amiga de marras, jamás se ha puesto un cigarro en la boca, nada, cosas de esta etapa tan linda de la vida y a su vez, tan complicada.

La adolescencia es la edad de las dudas, hecho que provoca que en ocasiones se imiten comportamientos poco saludables, por ejemplo: el hábito de fumar. Los jóvenes fuman por varias razones, unos por seguir el mal ejemplo de compañeros, de padres, hermanos, de artistas, por querer parecerse a los adultos, por simple curiosidad o sencillamente por experimentar algo nuevo.

El hábito de fumar trae a la persona infinidades de consecuencias, entre ellas, a empeorar la memoria, retrasa el crecimiento y el desarrollo sexual, trae dificultades en la apariencia externa y perjudica la cavidad bucal. En los varones provoca cambios morfológicos en la calidad de los espermatozoides y disminuye la potencia masculina.

No bromeo cuando digo que no me acerco a nadie que fume. No soporto que fumen cerca de mí, es necesario promover el respeto hacia quien no fuma, pues la mayoría de las personas que fuman se creen con el derecho de expandir el humo del cigarro encima de quienes le rodean, y esto no debe ser, hay que respetar las individualidades.

Fumar, además de representar un placer para algunos, como dice la letra una canción, constituye el acto de exponerse a una muerte lenta y sigilosa, no solo en quienes tienen esa adicción sino también en las que comparten la convivencia y se convierten, indudablemente, en fumadores pasivos.