Caravana de la Libertad: “un baño de multitudes, un baño de pueblo”




La Habana, jueves 8 de enero de 1959. Las principales calles estaban adornadas con banderas cubanas y del 26 de Julio en establecimientos estatales, comercios y en las viviendas. Era lo dispuesto para que todo el pueblo de Cuba, para dar la calurosa bienvenida a Fidel Castro y los barbudos de la Sierra Maestra.

Tras siete días del triunfo del  1ro de enero, Fidel Castro, entraba a La Habana el día 8 la Caravana de la Libertad junto al triunfante Ejército Rebelde. Habían recorrido  más de mil kilómetros desde que salieran de Santiago de Cuba.  Miles de combatientes rebeldes, entre ellos,  integrantes de la Columna Uno José Martí de la Sierra Maestra y alrededor de unos dos mil soldados del ejército vencido, que,  acompañados por Fidel encabezaba la Marcha de la Libertad.

Como antesala, la Caravana recorrió cada ciudad de la Isla desde que saliera de la Ciudad Héroe, Santiago de Cuba y en ninguna de ellas, faltó el saludo a Fidel. Era al decir del líder de la Revolución Cubana,  “un baño de multitudes, un baño de pueblo”. Toda Cuba quería ver a Fidel y a los combatientes.  En cada ciudad por donde pasaban, eran recibidos ondeando banderas cubanas y del 26 de Julio, arrojando flores sobre los tanques, jeeps y camiones, y gritando ¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel!

La Caravana continuó su recorrido triunfal por el Malecón habanero, la calle 23 y la Avenida de Columbia, con rumbo al campamento militar, donde , Fidel Castro Ruz, al frente de su columna guerrillera “José Martí”, penetraba por su puerta principal, sede del Estado Mayor General del Ejército recién derrotado. 

Allí, el líder de la Revolución Cubana encontraba entonces una tropa amilanada, pues sus generales fugitivos de la justicia, habían escapado escaparon en su mayoría hacia los Estados Unidos, donde encontraron asilo junto a sus encubridores, políticos corruptos de la tiranía batistiana.

No hubo ni un solo insulto contra el rendido, tampoco alguna frase que lesionara la dignidad de aquellos soldados y oficiales que le escuchaban. La entereza de Fidel Castro, desde los días en que fuera juzgado por los sucesos del Moncada, le dio el prestigio necesario para distinguir entre los uniformados que sirvieron a una causa injusta y los que vivían con sus manos manchadas de sangre.

A partir del 1ro de enero de 1959, en Cuba habíamos conquistado el derecho a comenzar una nueva vida. Se respiraba libertad, se hablaba de futuro, se hablaba  de los sueños de la Revolución para mejorar la vida del pueblo y llevarle bienestar y felicidad en una nueva Cuba.