Educadores cubanos: huellas imborrables de la sociedad


Verlo hace unos meses me trajo muchos recuerdos. Después de 20 años, no recordaba su nombre, sin embargo, lo vi como entonces: con el espíritu joven desbordando sus poros y los deseos de enseñar, de educar, a pesar de estar jubilado y tener entonces 60 años. Ya el viejo, como le decíamos cariñosamente, por ser el de mayor edad entre recién graduados, debe hacer cumplido los ochenta años. ¡Qué dicha!

Encontrarme con el profesor, fue trasladarme hacia La Bamba, localidad del municipio de Yateras en Guantánamo, donde inicié mi vida laboral como profesora de Español – Literatura. También fue momento para revivir las recogidas de café, las visitas al poblado más cercano y la participación en las actividades que realizábamos en nuestro centro de trabajo.

Hoy los recuerdo a todos, a Miriam Asín, Miriam Sobrado, a Mercedes Guerra Abel, Teresa, Ale, Noel, Ruperto, Chely…, son muchos nombres, mucha gente linda con quienes no fue difícil convivir y compartir los buenos y difíciles momentos en la escuela al campo.

Los veo por doquier, en todos enseñanzas: primaria, secundaria, técnica profesional, universitaria, pero están ahí, ofreciendo su sabia y haciendo realidad las ideas de José Martí, cuando expresó que: Educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido: es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente, hasta el día en que vive.

En los rostros de mis amigos, ante los que inclino mi frente, veo a otros que a lo largo de más de medio siglo han tenido la noble misión de llevar educación hasta los más recónditos lugares de Cuba y el mundo. Y es tan alta y hermosa la responsabilidad social de los educadores cubanos, que este 22 de diciembre cuando celebran su día, continúan siendo huellas imborrables de la sociedad.