“!Que viva la paz, pero con los fusiles, cañones y tanques bien engrasados”!


El 19 de julio de 1964 se abría otro capítulo de la historia de las agresiones desde la ilegal base naval de los Estados Unidos en Guantánamo. Ese día, disparos procedentes del enclave militar, quitaron la vida al el joven soldado guardafronteras Ramón López Peña, mientras cumplía con su deber.

Entonces había llegado el momento en que las amenazas de los marines yanquis hacia los cubanos que custodiaban las costas cubanas, se hacían más latentes. Aquella tarde, como en otras ocasiones, los soldados estaban molestos por la actitud ecuánime que mostraban nuestros combatientes del otro lado de la cerca.

Los marines yanquis ofendían verbalmente y en tono amenazador a los guardafronteras, rastrillaban sus armas y apuntaban hacia las postas cubanas. Eran las 7:07 de la noche cuando la soldadesca imperial disparaba una ráfaga contra los miembros de la Brigada de la Frontera.

Ramón López Peña, ante los sorpresivos disparos y el intento de refugiarse en la trinchera, es herido de gravedad, su cuerpo había sido baleado, caminaba tambaleándose, se derrumba. “Marines, hijos de puta, me han matado”. Fueron sus últimas palabras.

El odio de los violentos soldados norteamericanos contra la Revolución Cubana cobraba una nueva víctima. A partir de ese momento, Ramón se convertía en el primer mártir de esa unidad de las FAR, ejemplar entre ejemplares y punta de vanguardia del sistema defensivo cubano: La Brigada de la Frontera, Orden Antonio Maceo.

Más de 50 mil pobladores enunciaron durante su sepelio el rechazo ante el brutal crimen del imperio norteamericano. En la ceremonia fúnebre, el General de Ejército entregaba a Andrés, padre de Ramón, el carnet que lo reconocía como el primer militante de la Unión de Jóvenes Comunistas en las FAR, en tanto expresaba en su acalorado discurso: “!Que viva la paz, pero con los fusiles, cañones y tanques bien engrasados”!