Once de septiembre: Un década y el mundo sigue igual


El 11 de septiembre de 2001 el mundo se detuvo por un instante, el país más poderoso del mundo Estados Unidos era atacado. El reloj marcaba aproximadamente las nueve de la mañana, cuando se produjo el choque aparentemente accidental de un avión con una de las torres gemelas del World Trade Center, en Nueva York.

La conmoción causada por la noticia del atentado terrorista del que fue víctima el pueblo norteamericano, estremeció a todos. Nada volvió hacer igual. Hoy se cumplen 10 años de tragedia que dejó casi 3 mil muertos, inscritos para siempre en la memoria colectiva de Estados Unidos.

Por una u otra causa, ya sean factores de orden económico y político, no cabe dudas de que el terrorismo es un peligroso fenómeno que debe ser erradicado y así lo ha expresado Cuba en más de una ocasión. Por tanto, este día se produjo un cambio sustancial a escala mundial, todos fuimos más inseguros.

Cuba, en voz del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, fue una las primeras naciones en reprobar los atentados, independientemente de las discrepancias
ideológicas y políticas entre ambos estados. De hecho, el gobierno revolucionario cubano lamentó lo sucedido y llamó a la administración de Washington a mantener la ecuanimidad.

A partir de ese momento, Estados Unidos, se consolidó como hiperpotencia y bajo el so pretexto de luchar contra el terrorismo trató de imponer su hegemonía al resto del mundo. Entonces con los medios más sofisticados para matar y en nombre de la “justicia” se llamó a la guerra.

“Estamos en guerra”. Así el presidente George W. Bush caracterizó el nuevo estado del mundo, dos días después de los atentados del 11 de septiembre del 2001. Entonces la supuesta meta era instaurar la paz mundial, derrotando a los grupos terroristas.

Los sucesos del 11 de septiembre de 2001, permitieron delinear una maniobra, con la idea de un gobierno global, que por razón del influjo militar, unilateral y sin someterse a instituciones internacionales, desplegaría su dominio. Se conformaba una perspectiva neoimperial por la cual Estados Unidos se arroga el papel de fijar normas a escala mundial. Un solo jefe, un solo juez, una sola ley.

Y es que en esto, existe una razón muy poderosa. Ser un poder imperial es mucho más que ser la nación más vigorosa de la Tierra, encarna hacer cumplir ese orden en el mundo y hacerlo concerniente de sus intereses hegemónicos; significa establecer las reglas en todo, desde los mercados hasta las armas de destrucción masiva, mientras se exceptúan a sí mismos de las reglas internacionalmente establecidas.

Estados Unidos es el único país del mundo que mantiene más de un millón de hombres y mujeres sobre las armas en cuatro continentes, el que mueve las palancas del comercio mundial, y por ende, trata de controlar las mentes imputando sus deseos y juicios a partir de un sistema de la divulgación a escala mundial. Indudabñemente, se impone la Paz.

Se impone la Paz, que solo es posible con una redistribución cada vez equitativa de las riquezas en los marcos de un diálogo político entre las naciones, donde prevalezca el respeto el derecho ajeno. No puede haber paz en el mundo con los niveles de injusticia y explotación actuales y mientras mueren diariamente miles de niños en el planeta.

No podremos hablar de Paz, cuando aún conmueve la muerte de inocentes en muchos países del mundo donde está puesta la mano del gobierno estadonidense. Tampoco cuando entristece la desaparición de tantas víctimas, hijas de un sistema inhumano que arruina y mata en nombre de la llamada “democracia” hecha a conveniencia y en defensa de los más poderosos. Nada, amigo lector, que ha pasado una década del nefasto 11 de septiembre y el mundo sigue igual.